Me gustaba desvestirte después de hacerte el amor una vez, la primera de cada noche, cuando llegabas de la obra de teatro, cansado pero con ganas de estar conmigo. Me gustaba acariciar tu cabello hasta que tus latidos se sincronizaran con los míos. Me quedaba quieta mirando la vena de tu cuello, ésa que salta cuando tu corazón te golpea en el pecho con toda violencia. El tiempo en tu mundo era sólo para mí. Dediqué tantas noches de insomnio a memorizar cada uno de tus detalles por si alguna vez te ibas: la aspereza de tu piel, la sequedad en tu cuerpo, tu alma vacía, tus cicatrices, los piquetes en tu muñeca izquierda siempre ocultos bajo un montón de brazaletes...
Y me quedaba ahí, mirándote dormir durante horas y horas.
Horas y horas...
A veces, mientras soñabas conmigo, yo tomaba alguno de tus libros de Poesía. ¿Recuerdas el último concierto al que fuimos? Al regresar, tú te dormiste de inmediato y yo no podía, tenía demasiado sueño para hacerlo, todavía sentía electricidad en las venas, quería seguir escuchando música pero no había nada, y tomé el primer libro que vi.
Neruda.
Maldita sea...
Lloré en silencio con ese Poema Cinco, palabras ausentes de un poeta muerto, escritas únicamente para que yo las leyera mientras tú soñabas conmigo.
Y no. Este blog no es para ti. Todas estas líneas están dedicadas a Pablo Neruda y a su Poema Cinco. Tú jamás ibas a leerme de nuevo. No me verás cuando regrese a los escenarios. No quisiste escucharme una última vez, jamás hiciste caso ni de mis gritos ni de mis lamentos, mucho menos de mis súplicas. Ése es el único poema que recuerdo de tantos y tantos con que me entretuve entonces para no molestarte con un movimiento brusco o con un beso involuntario, con mis lágrimas idiotas o con una caricia furtiva.
Me encantaba despertarte, pero hubiese preferido no dejarte dormir nunca...
Cada fin de semana penetrabas en mis huesos innumerables veces, como una aguja, como una jeringa, acariciabas mi cintura para darme la muerte, te gustaba apretarme el cuello hasta que yo comenzara a desesperarme. Te gustaba verme al rojo vivo, los brazos llenos de cicatrices de tijeras y alfileres y de tus dedos... Te gustaba jalarme el cabello, aplastarme contra la cama, quedarte sobre mí hasta asfixiarme. Te gustaba, no lo niegues, yo sé que tu deporte favorito era jugar a molestarme, pero no llegabas a hacerme daño y eso siempre me molestaba más.
Relaciones conflictivas...
Lo único que conservo de Medicina es el DSM IV. “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”. El mejor regalo que mamá me ha hecho en su vida...
¡Que no soy obsesiva, Doctora Claudia! ¡Que no y que no y que no!
Me hace falta tu tristeza. A mí me gustaba también. Me gustaba sentirte como otra parte de mí. Pensar que sólo eras mío, que sentías lo mismo que yo y que pensabas lo mismo que yo al mismo tiempo. Me encantaba introducirte en mi cuerpo, te clavaba en mi antebrazo para que poseyeras mis neuronas.
Me gustaba perderme en tus ausencias, que eran cada vez más frecuentes.
A veces no llegabas.
Otras, simplemente, desaparecías.
Hasta ahora me doy cuenta de que nunca me gustaste tú.
Eres malo para mí.
Siempre lo fuiste, y jamás has dejado de serlo.
Y me quedaba ahí, mirándote dormir durante horas y horas.
Horas y horas...
A veces, mientras soñabas conmigo, yo tomaba alguno de tus libros de Poesía. ¿Recuerdas el último concierto al que fuimos? Al regresar, tú te dormiste de inmediato y yo no podía, tenía demasiado sueño para hacerlo, todavía sentía electricidad en las venas, quería seguir escuchando música pero no había nada, y tomé el primer libro que vi.
Neruda.
Maldita sea...
Lloré en silencio con ese Poema Cinco, palabras ausentes de un poeta muerto, escritas únicamente para que yo las leyera mientras tú soñabas conmigo.
Y no. Este blog no es para ti. Todas estas líneas están dedicadas a Pablo Neruda y a su Poema Cinco. Tú jamás ibas a leerme de nuevo. No me verás cuando regrese a los escenarios. No quisiste escucharme una última vez, jamás hiciste caso ni de mis gritos ni de mis lamentos, mucho menos de mis súplicas. Ése es el único poema que recuerdo de tantos y tantos con que me entretuve entonces para no molestarte con un movimiento brusco o con un beso involuntario, con mis lágrimas idiotas o con una caricia furtiva.
Me encantaba despertarte, pero hubiese preferido no dejarte dormir nunca...
Cada fin de semana penetrabas en mis huesos innumerables veces, como una aguja, como una jeringa, acariciabas mi cintura para darme la muerte, te gustaba apretarme el cuello hasta que yo comenzara a desesperarme. Te gustaba verme al rojo vivo, los brazos llenos de cicatrices de tijeras y alfileres y de tus dedos... Te gustaba jalarme el cabello, aplastarme contra la cama, quedarte sobre mí hasta asfixiarme. Te gustaba, no lo niegues, yo sé que tu deporte favorito era jugar a molestarme, pero no llegabas a hacerme daño y eso siempre me molestaba más.
Relaciones conflictivas...
Lo único que conservo de Medicina es el DSM IV. “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”. El mejor regalo que mamá me ha hecho en su vida...
¡Que no soy obsesiva, Doctora Claudia! ¡Que no y que no y que no!
Me hace falta tu tristeza. A mí me gustaba también. Me gustaba sentirte como otra parte de mí. Pensar que sólo eras mío, que sentías lo mismo que yo y que pensabas lo mismo que yo al mismo tiempo. Me encantaba introducirte en mi cuerpo, te clavaba en mi antebrazo para que poseyeras mis neuronas.
Me gustaba perderme en tus ausencias, que eran cada vez más frecuentes.
A veces no llegabas.
Otras, simplemente, desaparecías.
Hasta ahora me doy cuenta de que nunca me gustaste tú.
Eres malo para mí.
Siempre lo fuiste, y jamás has dejado de serlo.

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