Hoy es domingo. Me despierta una mano sobre mi vientre, dos rodillas heladas detrás de mis piernas, miles de cabellos enredándose en los míos.
No me muevo ni un milímetro. Sólo quiero sentirte así. Quiero recordarte como si fueses mi instante perfecto, mi momento Kodak.
Quisiera creer que este martes es uno de nuestros tantos domingos.
-Y si llegara a perderte, conservaría una sola imagen de un día contigo.
Un día como hoy, un domingo cualquiera, uno de tantos fines de semana en tu casa, en tu habitación, entre tus sábanas.
Es imposible no moverme por más que lo intento. Despiertas, me miras, me besas, cierras los ojos. Me entretengo con los lunares de tu espalda.
Supongo que sí me gusta pensar en ti. Siempre he tenido tendencia al masoquismo.
Me encanta arrancarme el corazón y exprimirlo para sacarte de él por un rato. Aunque regreses después.
Qué distinto debe de verse todo desde la otra orilla. Dímelo tú. Te largaste así, nada más; comenzaste a hacer tus cosas sin importarte lo que pasara con Mónica, tu mujer de turno, la tonta que aceptó vivir contigo y que ahora piensa en ti cada pinche día. Esta mañana de domingo yo debería estar en tu casa, en tu cama de sábanas revueltas, contando cuántas veces late tu corazón mientras me torturas jalando con los dientes mi arete del ombligo. Hoy es un día gris, hoy no es domingo sino un pinche martes y hoy eres tú el que no está aquí. No encontraste una sola palabra que me explicara el porqué. Tú ibas a ser el gran amor de mi vida, el definitivo, el verdadero. Le diste otro significado a mi paranoia, me recordaste lo que es hacer planes con alguien para un futuro juntos... Por eso ahora te odio más que a ningún otro, más que al papá de Lizbeth, más que a todos los hombres que se hayan cruzado por mi camino. Vomito el amor que decías tenerme, espero que se pudra dentro de ti cualquier sentimiento que aún te quede. Y no me arrepiento de todo lo que dije. Era cierto. Necesitaba encontrar algo que te doliera pero no, nada, ni siquiera te importó. En cambio tú sí me mentías, y yo lo sabía pero aún así preferí creerte, eso fue todo. Ahora vivo obsesionada contigo. Cada día despierto pensando en lo mucho que te odio. Cada noche me duermo maldiciéndote a ti y a todo lo que vivimos. También maldigo aquellas cosas que ya nunca vamos a hacer.
Tú ya no estás. Ni siquiera sé si alguna vez estuviste o no. Siempre te sentí ajeno, estabas en otra parte aun estando conmigo, no pasaba nada, nunca pasaba nada ni malo ni nada bueno. Hoy te extraño porque no es domingo. Los sábados nunca dormíamos por estar jugando. Era feliz –muy feliz- contigo, y no estoy conforme con tu partida. Tal vez pronto lo esté, pero hoy no es así. Hoy no es así.
Para mí sigue siendo domingo.
Y te lo dije. Yo te dije que todo esto pasaría. Y te lo recordé en persona, luego de que tú me pateaste de tu vida sin siquiera mirarme a los ojos.
No me muevo ni un milímetro. Sólo quiero sentirte así. Quiero recordarte como si fueses mi instante perfecto, mi momento Kodak.
Quisiera creer que este martes es uno de nuestros tantos domingos.
-Y si llegara a perderte, conservaría una sola imagen de un día contigo.
Un día como hoy, un domingo cualquiera, uno de tantos fines de semana en tu casa, en tu habitación, entre tus sábanas.
Es imposible no moverme por más que lo intento. Despiertas, me miras, me besas, cierras los ojos. Me entretengo con los lunares de tu espalda.
Supongo que sí me gusta pensar en ti. Siempre he tenido tendencia al masoquismo.
Me encanta arrancarme el corazón y exprimirlo para sacarte de él por un rato. Aunque regreses después.
Qué distinto debe de verse todo desde la otra orilla. Dímelo tú. Te largaste así, nada más; comenzaste a hacer tus cosas sin importarte lo que pasara con Mónica, tu mujer de turno, la tonta que aceptó vivir contigo y que ahora piensa en ti cada pinche día. Esta mañana de domingo yo debería estar en tu casa, en tu cama de sábanas revueltas, contando cuántas veces late tu corazón mientras me torturas jalando con los dientes mi arete del ombligo. Hoy es un día gris, hoy no es domingo sino un pinche martes y hoy eres tú el que no está aquí. No encontraste una sola palabra que me explicara el porqué. Tú ibas a ser el gran amor de mi vida, el definitivo, el verdadero. Le diste otro significado a mi paranoia, me recordaste lo que es hacer planes con alguien para un futuro juntos... Por eso ahora te odio más que a ningún otro, más que al papá de Lizbeth, más que a todos los hombres que se hayan cruzado por mi camino. Vomito el amor que decías tenerme, espero que se pudra dentro de ti cualquier sentimiento que aún te quede. Y no me arrepiento de todo lo que dije. Era cierto. Necesitaba encontrar algo que te doliera pero no, nada, ni siquiera te importó. En cambio tú sí me mentías, y yo lo sabía pero aún así preferí creerte, eso fue todo. Ahora vivo obsesionada contigo. Cada día despierto pensando en lo mucho que te odio. Cada noche me duermo maldiciéndote a ti y a todo lo que vivimos. También maldigo aquellas cosas que ya nunca vamos a hacer.
Tú ya no estás. Ni siquiera sé si alguna vez estuviste o no. Siempre te sentí ajeno, estabas en otra parte aun estando conmigo, no pasaba nada, nunca pasaba nada ni malo ni nada bueno. Hoy te extraño porque no es domingo. Los sábados nunca dormíamos por estar jugando. Era feliz –muy feliz- contigo, y no estoy conforme con tu partida. Tal vez pronto lo esté, pero hoy no es así. Hoy no es así.
Para mí sigue siendo domingo.
Y te lo dije. Yo te dije que todo esto pasaría. Y te lo recordé en persona, luego de que tú me pateaste de tu vida sin siquiera mirarme a los ojos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario